Rojo pasión

El amor se acaba. Nos inunda el recuerdo de la pasión vivida. Nos cuesta entender que la otra persona juegue con algo tan bello, como juegan las niñas traviesas con sus globos hasta hacerlos explotar. La piel no ha dejado de sentir, y nunca hay perder el orgullo de haber querido. Las imágenes de momentos congelados en nuestra mente viajan sin parar mientras intentamos ganar la batalla al día a día. Este texto es una reflexión sobre las experiencias de la vida, sobre el arte de conocerse a uno mismo, de saber valorar el aprendizaje que nace del dolor, de sentir y aceptar el desamor como algo necesario en el camino hacia la madurez. Con tintes de melancolía y la honestidad por bandera, el mensaje final es muy positivo. Nos invita a compartir nuestras ganas de vivir, a probar suerte y equivocarnos, y a seguir adelante aprendiendo del pasado. Y es que como diría Neruda en una de sus poesías: “Muere lentamente quien evita una pasión y su remolino de emociones. Aquellas que rescatan el brillo en los ojos y los corazones decaídos.” (Neruda, Muere lentamente).

Una macabra y dantesca cajita de muñecas se pone en marcha. Su música no amansa a las fieras. En su interior, una niña de párvula e inocente mirada juega con su globo, azul. Coge con extrema sutileza una aguja y lo pincha entre sincopadas carcajadas. Las bombas de relojería agotan sus últimos segundos de silencio en un mundo cínico y delirante. Siento el vapor que el virulento agua hirviendo de este té inglés me arroja fulminante a la cara. El miedo a perder tantos momentos se dibuja en este intenso souvenir. En ese preciso, preciado y precioso lugar. Algo habita en él que no se despega de mi memoria. Es una alborotada, heterogénea e intensa espiral de sensaciones que temen morir, la que hace que me sienta vivo y vulnerable en este onírico y nauseabundo gusano del tiempo, que se fuma mis mejores ideas con una enorme pipa. Este maldito humo infernal no me deja ver. No permite que tanta belleza se plasme con palabras sobre el papel.

Alguien me dijo que cosas tan bonitas se escurren entre los dedos, efímeras como la flor del romero o este verano que nació para morir joven. Tal vez no sea verdad, y sea ésta una afirmación sin fundamento, falta de fe. O puede que mi ilusión conviva entre barcos de papel que se terminan hundiendo. Vuelan como hojas delante del ventilador los besos que nunca se dan. El viento se los arranca de los labios a los amantes. Se los lleva consigo a otra parte. Esta noche estrellada araña las sinrazones. El olvido no ejerce su rol y las imágenes vuelven a la mente como golondrinas a su balcón. La bilirrubina me despierta por la mañana. Me incita a sonreír. Tengo la certeza de que cada sonrisa esbozada nos hace valorar un poco más nuestras vidas. Ellas son las encargadas de bajar una décima la fiebre de alguien que sufre. Alguien sin nuestros privilegios, aquellos que no vemos.

Mi realidad, desde que abrí los ojos, se tiñe de cierto color. Siguen sus pasos mis gafas de sol, mi raqueta nueva, mi juego de sábanas, el palo de mi fregona, mi toalla perdida, y esta rosa que se marchita incrustada en contra de su voluntad en la entrada de esta discoteca. Colorada es mi cara, ruborizada cuando me avergüenzo de mi ignorancia. Bermejo es el tomate frito natural y el jamón de pata negra que mi madre me envío por correo. Escarlata es mi móvil nuevo, los esmaltes de uñas que ensucian esta tienda al caer una y otra vez rebeldes y resbaladizos, espantando a las cucarachas, y lo poco que me importa un pimiento. Carmesí es el color de las boquitas pintadas, de las cartas que nunca vieron la luz y arden invisibles en un rincón, y de las 1bolboretas gallegas, tan fugaces. Rojo es también el arte de mi lejana tierra, a la que el niño que llevo dentro llora todos los días, un ratito.

En el fichero de nuestras derrotas queda impreso el sello de nuestra amistad, nuestra valentía, nuestras lágrimas, nuestras noches en vela, nuestros abrazos solitarios, nuestra bohemia, y nuestra cara de tontos al pensar que no encontraremos a alguien así. Ese dolor, seco, tajante y férreo, que asfixia por dentro, es rojo. Es él el causante de la densa sangre que brota caliente de los clavos de Cristo. Sus heridas no se cierran. Ojalá pudiera ver más allá, y que la manzana de Adán dejará de confundirme, brillante y atractiva. Ojalá estas millas de vuelo dejaran de parecerme centímetros de ternura, y que en el desamor no tenga ganas de no tener ganas, para que esta mano deje de ser más tuya que mía.

Aún puedo notar la suave calidez de mi aliento en tu cuello. El calor de tus piernas a ambos lados de mi cabeza. La senda que las yemas de mis dedos imprimen por tu cuerpo. El temblor de tus rodillas. La fuerza de estos brazos que te rodean. La boca que muerde la mía. Tu humedad en mi carne trémula. Lo enfermizo de este placer huidizo y directo, audaz y voraz, rápido y lento, salvaje, tierno, violento y rojo… Como los amores clandestinos que en su posible último encuentro, se devoran ansiosos conscientes de que la llama de su amor corre peligro.

Cómo me tientas y me atraes, septiembre… Ávido imán. Eres elegante. Perdería la cabeza por ti si estuviera para esos trotes. Quién lo hubiese dicho, pero me gustas más que agosto. Espero que no me oiga. Destinado estoy a ser picado siempre por este mosquito que me ha hecho distinguirte del resto del ganado. Aunque no te tenga, tu boca aún me sabe a canela y limón. Frente al enemigo, resulta difícil encontrar la maldad siendo el blanco tan negro y el negro tan blanco.

Ya no hay marcha atrás. Caperucita nunca fue comida por el lobo, por traviesa. Traviesa como la niña que elige el globo azul, que no el rojo, sólo y exclusivamente para pincharlo. De la misma manera que el gato mata al ratón de tanto jugar con él, pero luego no se lo come, mas en el fondo, la inseguridad es una bruja de Blair que la devora insaciable. La hechiza, llenando su vida de la básica, banal y burda superficialidad y el mal gusto propio de las bodas “canis”. Nada la salva de ser juzgada, por muy dorados que sean sus cabellos. También era dorado el oro en las manos del rey Midas en la antigua Ankara turca. Y por ambicioso tuvo que suplicar a Dios para no ser convertido en estatua. Preciosa y áurea, sí. Pero llena de codicia y sin vida. Yo me conformo con comer mis cereales favoritos, tener la cartera vacía, el alma desnuda y la cabeza llena de aventuras. Mi única mentira o invención es la que sale de este bolígrafo. Invención a medias.

Nuestra incierta vida normal esconde mejores sorpresas. Hay días en los que al llegar a casa cansado de trabajar, me invade la tristeza, me cuesta ver la estrella polar desde mi vieja ventana y pienso que hay destinos imposibles de cambiar. Hay días en los que mi esperanza parece desgastarse. Pero estos ojos, este humilde corazón y mis sueños prohibidos, seguirán manchados por un mismo color.

Ponte en pie, amigo. Mantén alta tu cabeza. Compártelo conmigo. No me iré sin ti. Tú también eres rojo, rojo pasión.

1Bolboreta: Mariposa en gallego.
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